¿Por qué aceleras los mensajes de voz de WhatsApp para oírlos?
Hice varias veces la misma pregunta. La repuestas son de las más diversas, pero siempre en sentido justificante: que sultano hace audios muy largos, que a fulano y mengana no les tengo paciencia, que si son interesantes los escucho de nuevo, etc. etc.
Me repregunto: ¿pero si esa grabación fue hecha por una
persona hablando a velocidad humana, la misma a la que hablamos hace diez mil
años? ¿Por qué el apuro? Si vamos a compartir una charla rarísimo sería que pidiésemos
al interlocutor que aumente la velocidad de su hablar.
Ah, ni que hablar con el scroll de pantalla…. Yo mismo
lo uso como mecanismo de conciliación del sueño. Como me gusta dormirme riendo,
con una sonrisa, disfruto mucho de cortos del Oficial Gordillo, Gila,
Verdaguer, Pinti, Pirulo, Leo Harlem y el maravilloso elenco de Big Bang Theory
entre otros. Youtube ya me conoce. Me los pone a disposición cada noche. Pero
eso sí, una narrativa demasiada larga ya no me resulta cómodo de oír. Prefiero
retomar en otra pantalla previo deslizar de mi pulgar. Necesito renovar la atención
con cierta rapidez. Descartar un chiste tras otro.
¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Esta prisa del que escucha
o el que descarta videos a velocidad de un rayo es solo el éxito de las
empresas digitales para captar y comercializar nuestra atención? ¿o es algo más
profundo?
Veamos. Quien escucha un audio difícilmente tenga prisa
porque tiene que hacer otra cosa. Encuentra lento el audio porque su percepción del tiempo se recalibró.
Nadie tomó esa decisión. Nadie la anunció. Simplemente, un día, la voz humana
empezó a resultar insuficientemente rápida para el oído humano. Por otro lado, al deslizar el dedo pulgar
sobre una pantalla, decidimos en fracciones de segundo si algo merece nuestra
atención. No leemos, no pensamos: descartamos. Y lo hacemos con una velocidad
que ningún sistema educativo nos enseñó y que ninguna organización nos pidió.
Aquí empieza a aparecer un fenómeno, a la vista, en nuestros
cuerpos. Y ahí está también su rasgo más incómodo: una aceleración que no se
percibe mientras ocurre. Lo que percibimos es su resultado. Un día lo que
antes era normal empieza a parecernos lento y las reglas de relaciones entre humanos
empiezan a cambiar, o ya cambiaron cuando caemos en cuenta.
El inicio del fenómeno.
Thomas Friedman, en su libro: Gracias por llegar tarde,
sitúa alrededor de 2007 un punto de inflexión: el iPhone, las redes sociales
que escalan, la computación en la nube que se vuelve barata, el software que
empieza a insertarse en todos lados. No una tecnología, sino varias
encontrándose al mismo tiempo. Su tesis es simple y perturbadora: desde
entonces, la capacidad tecnológica de producir cambio crece más rápido que
nuestra capacidad de asimilarlo.
Este es un fenómeno de convergencia tecnológica. Una
tecnología mejora a otra, la segunda amplifica a la primera, y la combinación
produce una capacidad que ninguna tenía por separado. Esa capacidad se
convierte en herramienta para construir la siguiente. La consecuencia vuelve a
entrar en el sistema como causa. La aceleración empieza a alimentarse de
aceleración.
Por eso no alcanza con correr más rápido. Estamos corriendo
sobre un piso que también corre.
¿Qué pasa cuando la convergencia tecnológica escala?
Un individuo se adapta al 2x en semanas. Una organización,
no.
Pensemos en la Universidad. Un plan de estudios se diseña,
se discute en comisiones, se aprueba, se acredita. Entre la primera reunión y
el primer egresado pueden pasar más de diez años. Durante ese período no
ocurrió nada extraordinario: la institución simplemente funcionó como fue
diseñada para funcionar. El problema es otro. El mundo profesional para el que
ese egresado fue formado ya se movió, no es el que estuvo aprendiendo. Enseña,
con enorme rigor, un mapa de un territorio que cambió hasta las fronteras mientras
lo dibujábamos y entendíamos. Cuando nos toca recorrer el territorio no entendemos que pasa. Es otra
realidad. Y mientras tanto, en el aula, una clase de cincuenta minutos compite
contra un cerebro entrenado en 2x.
En las organizaciones empresarias el patrón se repite con
otra vestimenta. Una máquina detecta una anomalía en milisegundos. La alerta
llega a una persona, que prepara un informe. El informe sube, alguien pide
información adicional, se agenda una reunión, la reunión se posterga porque falta
alguien. Finalmente se decide. Después hay que autorizar a solucionar el
problema. Se pone en marcha el proceso de reparación que cuando llega al lugar
la máquina está detenida y el producto que producía ya dejo de ser de
preferencia del consumidor.
La tecnología hizo su trabajo en un instante: generó la
alerta; la organización llegó semanas tarde. Allí es donde el tiempo en
detectar, entender, decidir y actuar empieza a tener otro sentido, otro valor. Porque el mundo, nos guste o no, seamos conscientes
o no se acelera. Se acelera por la convergencia de tecnologías que irrumpen en
nuestras vidas.
Existe una velocidad a la que cambia el entorno y una
velocidad a la que una organización puede cambiarse a sí misma. Mientras la
segunda alcanza a la primera, todo funciona. Cuando la primera la supera de
manera persistente, se abre una brecha. Al principio parece pequeña: una
oportunidad perdida, una tendencia reconocida tarde, una tecnología incorporada
después que los demás. Pero si la brecha se ensancha, la organización puede
seguir enseñando, curando, facturando, reuniéndose y cumpliendo todos sus
procedimientos mientras empieza a vivir en otro tiempo, en un tiempo pasado.
Nadie va a poder frenar la aceleración. Tampoco sirve correr
desesperadamente detrás de cada novedad. La pregunta que conviene hacerse es
otra:
¿cuánto valor desaparece mientras tardamos en capturar lo
que requiere el entorno, entender lo que ocurre, decidir, actuar en
consecuencia y aprender a adaptarnos?
Y si la respuesta no la sabemos, quizá el primer problema no
sea la velocidad. Sea que dejamos de medir el tiempo con este sentido, aunque nuestros
oídos y dedos ya lo hacen sin darnos
cuenta.
